Razón: ¿certeza o incertidumbre?
Encontramos, entre los textos que el manual ofrece en este eje, una interesante caracterización de la modernidad que sirve para introducirnos en las cuestiones más importantes de este período: el problema del método, los límites de la razón y del conocimiento humano, la construcción de un tipo específico de racionalidad llamada científico-instrumental, la transformación del mundo a la medida del paradigma vigente, la búsqueda de certezas que fundamente una ciencia segura y verdadera. Para ello se analiza la columna vertebral que hace a las tres grandes corrientes gnoseológicas de la modernidad: el racionalismo, el empirismo y el idealismo crítico. Descartes, Hume y Kant ofrecen sus vivas y resonantes voces frente a estos problemas. Pero también el aporte de fuentes secundarias que ayudan a entender mejor lo planteado por tan destacados filósofos. Más atractivo resulta aún el eje cuando esta forma moderna de ver el mundo se pone en entredicho desde el pensamiento de la posmodernidad o la modernidad tardía, o simplemente desde aquellos que han puesto en tela de juicio el énfasis que los modernos colocan en la racionalidad instrumental.
Son propios de la modernidad la férrea fe en el progreso ilimitado de la humanidad gracias a la razón, que establece un optimismo nunca antes visto; una concepción del saber que revela la dimensión pragmática del conocimiento, ya que hay que “saber para hacer” y que se vincula con el poder, “saber es poder” había señalado Bacon; la construcción de sistemas universales que determinen la forma en que el hombre deba comportarse, deba relacionarse con los otros y organizarse en sociedad; la imposición de una mentalidad mercantilista que llevará a plantearse como fin la búsqueda de riqueza y el afán de lucro; la afirmación de la autonomía del individuo que es correlativa a la afirmación del sujeto pensante; la inminente necesidad de dominar y transformar la naturaleza a gusto y paladar de tal sujeto; el avance de la ciencia, la técnica y la tecnología manifiesto en las aplicaciones que coadyuvaron a una vida más confortable y segura; el intento de liberación de las trabas de la autoridad en lo religioso, lo científico, lo cognoscitivo, etc. En efecto, estos y otros rasgos marcaron el rumbo y la dirección del paradigma moderno.
Ahora bien, en este contexto Descartes busca un punto de partida radical que represente un conocimiento evidente, esto es, claro y distinto y que sirva de base en la construcción de toda su filosofía racionalista. Para ello, insta a desprenderse de todos los prejuicios y creencias falsas que vengan de la tradición usando la duda como un método que permita obtener una verdad indubitable, un principio inconmovible. Cogito ergo sum es el principio al que llega luego de atravesar sus meditaciones metafísicas. Pero el francés se topa con el problema del solipsismo en el final de este recorrido escéptico. Para solucionar dicho inconveniente (y para evadir su posible “condena” de los resquicios de la Inquisición que unos años antes habían obligado a la retractación de Galileo), Descartes demuestra a través de tres pruebas la existencia de Dios. Ello le sirve, además, para demostrar la existencia del resto de las sustancias extensas, de las cosas exteriores a su propia subjetividad pensante. El método planteado por Descartes implica el seguimiento de reglas fáciles y ciertas que impidan la confusión y aumenten el grado de conocimiento de quien las usa. Los preceptos de evidencia, análisis, composición y enumeración denotan, hasta hoy, un conocimiento con un alto nivel de exigencia, que busca certezas y que asume la autosuficiencia de la razón para conocer.
Distinta es la postura de David Hume quien, desde la filosofía insular, alienta al conocimiento basado casi exclusivamente en la experiencia. Con relación a esto, Hume es tajante: el conocimiento comienza y termina en la experiencia. Discute con el racionalismo y con el innatismo y en vez de tomar a la Matemática como modelo -que ya lo habían hecho Descartes y todo el siglo XVII- toma como su guía a la ciencia de la naturaleza y en especial a Newton. La observación y la experimentación es el método usado por los empiristas, y es justamente el límite en donde se encuentra el conocimiento humano. El hombre sólo conoce los datos singulares, los fenómenos, lo cual no implica la inexistencia de entes metafísicos que los trasciendan, pero el escepticismo propio de los empiristas en general y de Hume en particular lleva a afirmar la imposibilidad de conocer lo que supera los confines de la experiencia. El objeto de estudio de la propuesta gnoseológica de Hume es la naturaleza humana. Básicamente, en el intento humeano de hacer un análisis del contenido de la mente, el hombre conoce percepciones que, de acuerdo con su grado de fuerza y vivacidad, se dividen en impresiones e ideas. Las impresiones están determinadas por los datos que recibimos de los sentidos, en cambio las ideas son el recuerdo mental de las impresiones una vez transcurrido el tiempo. A partir de esto, se establece el principio de correspondencia que dictamina que a toda impresión simple le corresponde una idea simple. Este principio es el arma de la cual se vale Hume para hacer una fuerte crítica a las nociones tradicionales de la metafísica, por ejemplo a la causalidad, que dejará de ser una fuerza objetiva para convertirse en la prioridad de la causa respecto del efecto, en una relación espacio-temporal y una conjunción constante entre ambas, percibida siempre así gracias a la costumbre y a la creencia como determinaciones subjetivas de la mente.
Gracias a la crítica humeana de la causalidad, Kant pudo despertarse del sueño dogmático y formular su revolución copernicana, que consiste en atribuirle al sujeto un papel activo y condicionante en la relación con el objeto que implica el conocimiento. Kant va más allá del escepticismo del escocés, pues para ser tal, el conocimiento científico requiere de universalidad y necesidad. El conocimiento comienza con la experiencia pero no deriva todo de ella, había pronunciado Kant. En efecto, para ordenar el caos de sensaciones emanados de la realidad y percibidos por el sujeto, es necesario un primer ordenamiento que lo dan las formas puras a priori de la sensibilidad, llamadas Espacio y Tiempo. A partir de aquí, es necesario que intervenga el Entendimiento con sus conceptos a priori, vale decir, con sus categorías que reordenan lo ordenado por Espacio y Tiempo y posibilitan el conocimiento de los fenómenos. Aquello que está detrás de lo que aparece, lo nouménico, es incognoscible aunque esto no impida que se pueda pensar. En este más allá de la experiencia comienza a operar la razón que para Kant tiene sed de totalidad y en su función reguladora es una disposición que lleva al hombre a pensar en Alma, Mundo y Dios. Ahora bien, en realidad, Kant optó por hacer una crítica de la razón -erigiéndola en tribunal de sí misma-, tratando de marcar tanto los límites del conocimiento como sus condiciones de posibilidad. Impactado por el camino seguro que han seguido ciencias como la Matemática y la Física, se pregunta cómo son posibles y si la Metafísica podría llegar a serlo. Como todo conocimiento se reduce a la actividad de juzgar en tanto que realiza juicios, Kant analiza los juicios de la ciencia. Los juicios analíticos implican igualdad entre el sujeto y el predicado, se autocontienen; son, por lo tanto, juicios explicativos, universales, necesarios y a priori. Los juicios sintéticos no representan tal igualdad, ya que el predicado agrega notas características al sujeto; son, por lo tanto, ampliativos, particulares, contingentes y a posteriori. Los juicios de la ciencia no pueden ser ni uno ni otro ya que no permitirían el progreso, por ello deben ser sintéticos a priori, es decir, que ofrezcan universalidad y necesidad pero al mismo tiempo admitan el avance de la ciencia. Con relación a esto, Kant sostiene que la Metafísica no es posible como ciencia pero sí como una disposición natural del hombre a conocer lo que está más allá de la experiencia, pues no se conforma con ella.
La racionalidad filosófica que se representa en estos y otros pensadores modernos se desarrolló, produjo efectos, y se puede decir que la civilización actual es resultado de esa evolución puesta en acto por los hombres. Muchos son los cuestionamientos que ha recibido esta forma de pensar. Desde el nihilismo nietzscheano y su recuperación por la vida, el arte y lo dionisíaco a la crítica de Horkheimer que denuncia a la “ciencia pura” como un solapado instrumento de dominio que se convierte en freno de todo progreso; desde la ceguera ligada al uso degradado de la razón y la ciencia denunciadas por Morin -quien propone abrirse al pensamiento y la complejidad de lo real- a la implementación de un nuevo imaginario social en donde todo es mostrable en la dimensión mediática, en donde la pantalla remplazó al panóptico y en donde la meta es el espectáculo, como bien señala Esther Díaz; desde las posiciones netamente irracionalistas que identifican lo real con lo irracional al relativismo cognoscitivo posmoderno defensor de “verdades provisorias y contingentes”; desde algunos cuestionamientos a la ciencia y al cientificismo que ven en ella la causante de ciertos efectos nocivos e indeseables para la humanidad a los detractores de la razón como herramienta para la resolución de conflictos. Sin embargo, hay posiciones como las de Maliandi, Popper o Klimovsky quienes, a su manera, intentan recuperar el lugar destronado de la razón y la ciencia, no defendiendo las consecuencias que trajo consigo el uso inapropiado que los hombres hemos hecho de la misma, sino alentando a la aceptación de la falibilidad del conocimiento humano, a la aceptación de la dimensión conflictiva y crítica de la razón y los saberes, y evitando la unilateralidad que se expresa en teorías reduccionistas que nublan la mirada de los sujetos cognoscentes. Como la cita usada por Popper en uno de sus textos quien, tomando palabras del Fausto de Goethe, muestra cómo el diablo señala lo siguiente: “Detestas la razón y la ciencia, ¿los mayores poderes de la mente? El infierno desea ansiosamente esta suerte de gente, vosotros sois de mi empresa la ganancia”.
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