viernes, 5 de junio de 2009

Unidad 5: Filosofía política

¿Dónde reside el poder?
El proceso de transformación de la sociedad feudal hacia la sociedad capitalista y la construcción de la hegemonía burguesa, se inicia en el siglo XV en las ciudades europeas y continúa ininterrumpidamente hasta su florecimiento en el siglo XVIII, en el que se produce la Revolución Francesa. Acontecimiento fundamental en la historia de Occidente, en el que las ideas políticas de nuevo cuño gestadas por la Filosofía Política Moderna encuentran su expresión más cabal en el ideario que proclama: libertad, igualdad, fraternidad. Este lema -cuyo eco aún resuena como reclamo, como cuenta pendiente en nuestras actuales sociedades- comenzó a desarrollarse durante el Renacimiento. La paulatina desacralización del mundo y el giro antropocéntrico que en éste tuvieron lugar, llevaron a que los hombres buscaran un nuevo fundamento que legitimara el poder político. Un fundamento que fuera inmanente a la organización social y no basado en el poder divino como lo estuvo durante el Medioevo. Esto condujo a la crisis y posterior abandono del antiguo paradigma político, el paradigma aristotélico , y a la instauración de uno nuevo: el paradigma iusnaturalista.
De acuerdo con el paradigma aristotélico el hombre es por naturaleza un animal político, un ser capaz de un sentimiento de benevolencia hacia sus pares. Por ello, concibe a la comunidad política, no como el resultado de un cálculo racional, sino antes bien, como el resultado de una evolución natural y gradual, cuyo punto de partida es la familia. Para el iusnaturalismo, en cambio, la comunidad política no es una asociación natural, sino artificial, resultado de un pacto entre individuos iguales y libres que deciden voluntariamente ceder una parte de su libertad, a fin de conseguir un orden social que les garantice la paz y la seguridad.
Otra diferencia significativa entre uno y otro paradigma es la relación que establecen entre ética y política, entre lo privado y lo público. Para Aristóteles la política es la continuación de la ética, pues es una praxis que se encuentra orientada a la realización de valores, sobre todo sociales. En este sentido, está supeditada no a un conocimiento de tipo técnico-cientítico, sino a la phrónesis o sabiduría práctica, la cual le brinda un conocimiento probable que le permite distinguir en cada circunstancia el justo medio que lleva a obrar rectamente. El iusnaturalismo, por el contrario, postula una clara división entre lo privado y lo público, entre la ética y la política. Esto es así porque considera que las diferentes concepciones de la vida buena (la ética) corresponden al ámbito de lo privado; mientras que al ámbito de lo público corresponde la organización racional y regulativa del tráfico social, en tanto la política es concebida como teckné y , en consecuencia, evaluada no en términos de rectitud, sino antes bien, de eficacia.
En su conocidísimo libro El Príncipe Nicolás Maquiavelo (1469-1527) postula, precisamente, esta separación entre ética y política, pues considera a esta última como un fin en sí mismo. Preocupado como estaba porque la península itálica consiguiera la unidad política, para este pensador renacentista, lo que verdaderamente importa es que se mantenga la cohesión y el buen orden del Estado. Por ello, entiende que es fundamental que el gobernante conserve y aumente el poder político, aun cuando los medios para lograrlo no sean siempre morales. De allí, la popular frase: “el fin justifica los medios”. Sin embargo, esto no significa una indiferencia frente a los efectos que producen la moral y la religión sobre el pueblo. Maquiavelo distingue la moralidad de los ciudadanos (ámbito de lo privado) de la moralidad del gobernante (ámbito de lo público). Considera que mientras la conducta moral de los primeros es primordial para la salud de la sociedad, la de un gobernante se encuentra por fuera de tales parámetros. No debe, por tanto, ser juzgada por la rectitud o no de sus actos desde un punto de vista ético, sino por el éxito obtenido en el establecimiento del orden estatal.
Entendiendo también que el fin del Estado no es otro que el mantenimiento del orden y la paz social, Thomas Hobbes (1588-1679) es uno de los primeros y más importantes representantes del contractualismo moderno junto a Jonh Locke (1632-1704) . Sin embargo, más allá de este fundamental suelo teórico en común que poseen, las diferencias entre uno y otro no son menores, en tanto conciben de manera distinta cuáles son los límites del poder del soberano y cuál es la mejor forma de organización política. Como bien se sabe, Hobbes es un defensor del Absolutismo Monárquico, pues considera que siendo en estado de naturaleza “el hombre el lobo del hombre”, sólo es posible asegurar la convivencia pacífica entre los individuos dentro de un Estado, a través de la institución de una autoridad investida del máximo poder, capaz de garantizar la obediencia de los súbditos por el temor que infunde. De allí que, en perspectiva hobbesiana y según aparece explicitado en su famoso libro el Leviatán, el poder que ejerce el gobernante, si bien es instituido voluntariamente por quienes quedan sujetos a él, es al mismo tiempo irrevocable, absoluto, ilimitado e incondicionado. Concepción muy diferente es la que tiene al respecto Locke, puesto que para éste -tal como sostiene en su II Ensayo sobre el Gobierno Civil- el poder político debe ser limitado, divisible y resistible. Limitado porque no puede ser un poder arbitrario sobre la vida y los bienes de los individuos; divisible porque debe ser una Monarquía Parlamentaria, en la que el poder del monarca no es absoluto sino que se encuentra subordinado al poder del parlamento; resistible porque al constituirse el gobierno civil como resultado de pactos hechos sobre la base de la confianza, quienes quedan sujetos a ese poder tienen pleno derecho a reclamar y hasta de rebelarse a los gobernantes, si estos no cumplen con lo pactado.
Concibiendo a la libertad, no enteramente ligada al interés individual -según lo hacen Hobbes y Locke - sino más en concordancia con principio de igualdad, Juan Jacobo Rousseau (1713-1778) es el gran inspirador de la Revolución Francesa. Su crítica a la versión liberal del contractualismo, se evidencia en que el contrato para él no es un pacto entre individuos, sino antes bien, de la comunidad con el individuo y de él con la comunidad, dando de este modo origen a la voluntad general. Voluntad general que es siempre indivisible (no se separa en poderes) e inalienable (no se delega), dado que el gobierno no es sino un ejecutor de la ley que emana de ésta. Propulsor de la democracia directa, para Rousseau es el pueblo, reunido en asamblea, el que participa directamente en la ratificación de las leyes, las cuales, preferentemente, deben ser aprobadas por unanimidad. Los magistrados electos son meros agentes del pueblo y no pueden decidir por sí mismos: de allí la insistencia en su revocabilidad en cualquier momento. Como bien lo subraya Sartori, Rousseau "sustituye la idea de representación no electiva por la idea de elección sin representación".
Entrado el siglo XIX, Karl Marx (1818-1883) va acentuar la crítica a la teoría del contrato social, a partir de una crítica radical al modo de producción capitalista. Desde su perspectiva, el conjunto de las relaciones sociales de producción que forman la estructura económica de la realidad, constituyen la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica, religiosa, política y cultural, y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. De allí, por tanto, que el poder del Estado moderno no es como postulan los contractualistas el fruto de un pacto entre individuos libres e iguales, sino el resultado de las relaciones de dominación capitalista. Relaciones de dominación que se basan en la explotación que el capitalista hace de la fuerza de trabajo del proletariado, el cual -según sostiene Marx al final de El Manifiesto Comunista-:
“….se ve forzado a organizarse como clase para luchar contra la burguesía; la revolución le lleva al Poder; mas tan pronto como desde él, como clase gobernante, derribe por la fuerza el régimen vigente de producción, con éste hará desaparecer las condiciones que determinan el antagonismo de clases, las clases mismas, y, por tanto, su propia soberanía como tal clase.
Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos”
Difícilmente sea posible exagerar la fuerte influencia que ejerció Marx en el siglo XX, no sólo en el ámbito de la teoría (en el que encontramos a pensadores de la talla de Benjamin, Lukács, Althusser, Marcuse, Gramsci o Mariátegui, por mencionar sólo algunos), sino también en el de la praxis política. Numerosas fueron las luchas políticas que se libraron y continúan librándose inspiradas en sus escritos: desde la Revolución Rusa de 1917, pasando por los movimientos de liberación del denominado tercer mundo en los 60 y 70, hasta los actuales movimientos anticapitalistas que abarcan un amplio espectro de reivindicaciones sociales, políticas, económicas, étnicas, ecológicas, etc. Así, de hecho, lo pone de manifiesto Adamovsky en su libro Anticapitalismo para principiantes. La nueva generación de movimientos emancipatorios (Manual de EGB)
Pese a todas estas críticas, lejos de desaparecer el capitalismo ha seguido desarrollándose y encontrando nuevas formas de revitalizarse, a través de una economía de carácter global y fundamentalmente financiera. El contractualismo liberal ha debido, en consecuencia, aggiornarse en algunos de sus postulados, dando lugar a lo dos grandes corrientes: la socialdemocracia y el neoliberalismo. Entre los defensores de la primera se encuentran importantes pensadores como John Rawls o Habermas, quienes pese a sus diferencias, reivindican en última instancia la teoría del consenso entre individuos libres y racionales como fuente de legitimación de un poder jurídico-político democrático y plural. Entre los defensores de la segunda se encuentran liberales de derecha como Nozick, para quienes el rol del Estado debe ser mínimo, pues consideran que la libertad de mercado constituye el mejor instrumento para la asignación de recursos y la satisfacción de necesidades. Desde una perspectiva crítica, Ana María Ezcurra en ¿Qué es el neoliberalismo?, lleva a cabo un análisis de cómo durante las décadas del 80 y 90 esta teoría logró establecerse como una potente fuerza ideológica y fue adoptada como programa político-económico de un número importante de países. En Poder y Democracia, Noam Chomsky cuestiona también esta hegemonía neoliberal que busca destruir, a través de la propaganda mediática y la fragmentación social, toda posibilidad de democracia significativa; es decir toda posibilidad de que la gente participe, o lo que es aún peor, toda posibilidad de que sepa qué es lo que realmente ocurre, cuáles son las decisiones que se están tomando.
Rompiendo con esta concepción esencialista del poder (que tanto liberales como marxistas poseen), hacia la segunda mitad del siglo XX, Michel Foucault (1926-1984) sostiene que éste no puede ser localizado en una determinada institución o en el Estado, porque no es una sustancia o un fluido, algo que mana de alguien el rey, el pueblo o Dios), sino un conjunto de mecanismos y procedimientos, una relación de fuerzas. Por ello, al ser relación, el poder está en todas partes, es omnipresente y se teje tanto en las decisiones gubernamentales como en la familia o en la escuela; pero, no sólo para reprimir, sino además para producir efectos de verdad y de saber.

No hay comentarios:

Publicar un comentario