Para abordar este eje podemos tomar, como punto de partida, el concepto de tolerancia, que recibe algunos matices diferentes entre Modernidad y Posmodernidad.
La tolerancia en la Modernidad está basada en la idea de igualdad entre los hombres y en el papel central del Estado para garantizar esto, en pos del bienestar y la paz.
Aquí aparece Locke quien, en su Ensayo sobre la tolerancia, señala tres esferas donde ejercer este valor:
-1- Opiniones especulativas y culto divino, ámbito en el que la tolerancia debe ser absoluta, ya que no pueden incomodar a nadie.
-2- Opiniones y acciones prácticas, que serán toleradas mientras no causen inconvenientes en la sociedad. Así, en pos de la paz y el bienestar, el Estado puede poner ciertos límites, como prohibir que se haga pública determinada opinión; aunque no puede obligarse a alguien a renunciar a ella o a aceptar la contraria pues esto llevaría a la hipocresía.
-3- Virtudes y vicios morales. Aquí el Estado puede jugar con el concepto de moderación; es decir que puede prohibir algunos vicios, o limitarlos, pero no puede prohibir virtudes.
En el ámbito político aparece la posibilidad de prohibir partidos, no por su opinión, sino porque resultar una amenaza al Estado si son muy numerosos.
En La paz perpetua de Kant se ven los tres pilares de la Modernidad: libertad -como hombres-, fraternidad -como súbditos, dependientes de un Estado- e igualdad –como ciudadanos; indispensables para garantizar la paz perpetua. Esto se completaría con una forma de gobierno republicana, una Federación de Estados Independientes (Federación de Paz) y la idea de una hospitalidad universal como condición de toda ciudadanía. La hospitalidad universal remite a la idea de ciudadanía mundial por la que todo hombre debe ser tolerado como visitante y así cambiar la idea moderna de que toda visita es una conquista.
Estas dos posturas modernas podrían complementarse en su lectura con la Declaración de los Derechos del hombre y el ciudadano.
En la actualidad, en cambio, la tolerancia no buscaría reivindicar la igualdad sino la diferencia, la originalidad, según Piastro. Esta autora, en “Identidades en movimiento”, señala, como una de las causas de este cambio, el abandono del concepto de historia como progreso, como avance a la realización cada vez más perfecta del hombre ideal. Esto se suma a la convicción de que no hay una sola verdad y a la certeza ética que es el respeto a la diferencia porque nadie tiene el monopolio de la razón; por lo tanto, es necesario dialogar. A la tolerancia religiosa y política, que vienen de la Modernidad, se suma la sexual y cultural.
Sin embargo, Piastro sostiene que la tolerancia es una virtud débil que nos permite sobrevivir a las diferencias, pero no nos enseña a vivir con la diferencia. Esto se refuerza al plegarse a la idea de que a nuestra identidad la vamos construyendo en diálogo con otros y por la mirada de los otros. Ella ejemplifica y problematiza esto con el ejemplo de la conquista de América.
De esta idea de la tolerancia en la actualidad puede desprenderse el concepto de multiculturalismo como desafío, como una nueva relación entre cultura, sociedad y política, según lo sostiene Abellán en “Los retos del muticulturalismo para el Estado moderno”.
Aparece la necesidad del reconocimiento público de las diferencias, saliendo de la simple reflexión teórica a la realización práctica de modelos de integración. Así, se muestran dos formas básicas de multiculturalismo:
-1- Eliminación de la discriminación social y política de grupos diferentes.
-2- Garantía de la supervivencia de las distintas culturas presentes en una sociedad pluralista.
El multiculturalismo se opone así al asimilacionismo, en el que el individuo inmigrante debe adaptarse a la cultura en la que se encuentra.
Esto también lleva a una nueva definición del Estado, no ya con la idea de una homogeneidad política y cultural –como en la Modernidad-, sino tal vez como una comunidad de comunidades (federal) con diferentes grados de autonomía y relacionadas por vínculos políticos y jurídicos. Esto llevaría a una soberanía con varios centros de autoridad.
Ahora bien, el mismo Abellán formula la siguiente pregunta: el multiculturalismo ¿no naturalizaría la idea de cultura, como un factum fundante de toda organización política?
Si decidimos mirar hacia Latinoamérica, nos encontramos con el texto de García Canclini, en cuya tesis central sostiene que hemos tenido un modernismo exuberante con una modernización deficiente. Esto permitió que las clases dominantes mantuvieran su hegemonía sin tener que justificarla. Por ejemplo en la cultura escrita a través de la limitación de la escolarización.
Así, nuestra modernidad no debería medirse con las imágenes de ese proceso en los países centrales. Nuestro modernismo cultural no expresa la modernización socio-económica sino el modo en que las elites intentan elaborar un proyecto global a partir de las huellas de diferentes culturas. Los países latinoamericanos son resultado de la sedimentación, yuxtaposición y entrecruzamiento de tradiciones indígenas, del hispanismo colonial católico y de las acciones políticas, educativas y de comunicación modernas. La modernización operó pocas veces mediante la sustitución de lo tradicional y lo antiguo y permanecieron así las contradicciones entre lo culto y lo popular. Por ejemplo en el plano del arte, no hubo un simple trasplante de las vanguardias europeas, sino reelaboraciones deseosas de contribuir al cambio social.
El decir que el modernismo en Latinoamérica se cumplió tarde y mal es una simplificación ya insostenible para este autor, quien, a continuación, se adentra en lo sucedido en el campo artístico en el siglo XX. Se detiene especialmente en la segunda mitad, en la que se da la fuerte modernización socioeconómica, junto con un crecimiento urbano e industrial, la inclusión de nuevas tecnologías comunicacionales, etc. Por el llamado “voluntarismo cultural”, los artistas buscaron fusionarse con las masas y con la aparición de la industria cultural se produjo un cambio de sentido en la grieta entre lo culto y lo popular. Por otro lado, aparece la sociedad civil, encarnada en las grandes empresas, que se hacen cargo de las iniciativas innovadoras, buscando obtener lucro bajo una imagen “desinteresada” y dejando en manos del estado el resguardo del patrimonio histórico, en la busca de legitimidad y consenso.
Para Jesús Martín Barbero, la globalización es percibida en América Latina como la hegemonía de la sociedad de mercado, que exige una apertura nacional y una integración regional, sobre la sociedad de la información. Las reglas ya no las pone el estado sino el mercado. Así, a nivel nacional el crecimiento de la desigualdad deteriora los mecanismos de cohesión política y cultura; y a nivel regional, las exigencias de competitividad prevalecen sobre la cooperación y complementariedad.
Para este autor las tecnologías de la información y de la comunicación son una fuerte herramienta en la supresión de fronteras. El problema en Latinoamérica es que, a pesar del gran consumo audiovisual, hay muy poca producción endógena y una mayor neutralización, o sea borramiento de las señas de identidad regionales y locales. Y justamente es, desde la diversidad de culturas, territorios e historias desde donde se resiste y negocia con la globalización.
La mundialización cultural es diferente a la globalización económica porque no se impone desde afuera. Tiene que ver con una nueva manera de estar en el mundo, reflejada en los cambios en la vida cotidiana (alimentación, ocio, pareja, etc.) Aquí las tecnologías de la información son muy importantes porque intercomunican y transforman el sentido del lugar en el mundo, que no se identifica con la sociedad nacional.
Se produce un nuevo espacio reticulado que debilita las fronteras de lo nacional y lo local. De acuerdo con Foucault, se produce un cambio en la concepción del poder que ya no se ejerce verticalmente, sino desde la retícula cotidiana que ajusta los deseos y demandas de los ciudadanos. Redes virtuales que se vuelven reales cuando son activadas. El mundo que habitamos está poblado de espacios virtuales. Y las reestructuraciones del espacio llevan a su resignificación social. La universalización que nos legó la Ilustración tenía mucho de universalizar una particularidad: la europea. Las redes informacionales pueden ser así el escenario de a lucha por descentralizar, no sólo la centralización económica sino también la cultural.
Y así entramos en el tema de los medios masivos de comunicación, donde se pueden distinguir dos posturas antagónicas:
Para Gianni Vattimo en “Posmoderno, ¿una sociedad transparente?” la Posmodernidad es la sociedad de la comunicación generalizada, la sociedad de los mass media.
La modernidad se acaba cuando la historia deja de ser algo unitario. A partir de ese momento no hay una historia única y la disolución d esta idea también determina la disolución de la idea de progreso. En esto influyen el fin del imperialismo y del colonialismo y el advenimiento de la sociedad de la comunicación. Esto implica una explosión multiplicación de Weltanschauungen (visiones del mundo). Ya no hay una realidad, sino que la realidad es el resultado del entrecruzamiento de imágenes sin una coordinación central.
Para Vattimo esta pluralidad de imágenes y voces no es algo negativo. Por el contrario, este autor ve allí la posibilidad de un nuevo ideal de emancipación basado en la erosión del propio principio de realidad y en la liberación de las diferencias. Así se daría la posibilidad de nuevos dialectos, consensos e interpretaciones.
En cambio, Sartori destaca los aspectos negativos de los medios masivos de comunicación, especialmente la televisión. Señala que en el ámbito de la política la televisión actualmente conduce las opiniones condicionando, por ejemplo, los procesos electorales. Precisamente la democracia representativa es, para él, un gobierno de la opinión. Con la aparición de la televisión se habría roto definitivamente el equilibrio entre las opiniones autónomas y las opiniones dirigidas. Da como ejemplo los sondeos que se muestran como un instrumento que revela la vox populi, sino que muestran el poder de los medios de comunicación sobre el pueblo, tomando en cuenta que son opiniones débiles, volátiles, inclusive inventadas en el momento para no quedarse callado.
Por otro lado, la televisión, a pesar de llegar a un número mayor de personas, informa menos porque los contenidos elegidos son aquellos que pueden transformarse en una imagen atractiva. A eso se suma la desinformación (distorsión de la información) y la subinformación (información insuficiente que empobrece la noticia) y la fabricación de pseudo-acontecimientos (el hecho que acontece sólo porque hay una cámara delante). Algunos, debido a su formación, logran superar esto, otros quedan en el camino o cambian de canal. La desinformación, en particular, se ve alimentada por entrevistas casuales, estadísticas falsas y la búsqueda de espectacularidad en la noticia que muchas veces distorsiona la realidad o permite escuchar solamente a una de las partes. La pérdida de la capacidad de abstracción, por quedar pegado a la imagen, impide distinguir lo verdadero de lo falso.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario