viernes, 5 de junio de 2009

Unidad 3: Antropología filosófica

Edgar Morin (2001) plantea que lo humano permanece hoy cruelmente dividido, fragmentado en pedazos de un rompecabezas que perdió su figura. Y esto parece suceder porque se intentó concebir la unidad compleja de lo humano por medio del pensamiento disyuntivo. De este modo, el hombre es cuerpo o espíritu, plenamente biológico o plenamente cultural, conglomerado de elementos químicos o un ser noble por la razón, vive para la sociedad o la sociedad debe vivir para él, es puro impulso o afectividad o mera racionalidad.
Justamente son todas estas disyunciones las que busca superar el autor mencionado proponiendo la tesis del homo complexus. El ser humano, nos dice: “… es un ser racional e irracional, capaz de mesura y desmesura, sujeto de un afecto intenso e inestable; él sonríe, ríe, llora, pero sabe también conocer objetivamente; es un ser serio y calculador, pero también ansioso, angustiado, gozador, ebrio, extático; es un ser de violencia y de ternura, de amor y de odio; es un ser invadido por lo imaginario y que puede reconocer lo real, que sabe de la muerte, pero que no puede creer en ella, que segrega el mito y la magia, pero también la Ciencia y la Filosofía; que está poseído por los dioses y las ideas, pero que duda de los dioses y crítica las ideas, se alimenta de conocimientos comprobados, pero también de quimeras e ilusiones…”
Ahora bien, estas ideas ¿surgen de la profundidad creadora de este pensador, independiente de todos los esfuerzos intelectuales anteriores, que intentaron explorar y pensar la pregunta por el hombre? Se considera que tienen su origen en ambas cuestiones a la vez, en una inteligencia que recorre diversas perspectivas para pensar al hombre y arriesga una mirada que propone como superadora.
Y aquí nos parece sugerente preguntar, cómo nos colocamos ante la pregunta antropológica, como aquél que mira respuestas contemporáneas a la cuestión del hombre y las asume como válidas, o bien como aquél que quiere pensar todo de nuevo. Esta última postura, es la que se percibe en la estructura de este manual y en los contenidos de esta unidad.
Descartes nos ofrece la clave de bóveda para pensar este asunto: “…en lo que atañe a las opiniones que hasta entonces había yo admitido en mi creencia, pensé que no podía hacer cosa mejor que intentar por una vez suprimirlas todas, a fin de colocar después en su lugar, bien otras mejores, o bien las mismas, una vez ajustadas al nivel de la razón…” El manual ofrece la posibilidad de encontrarse con diversos esfuerzos del hombre para interpretarse a sí mismo, en el mundo moderno y contemporáneo, para volver a pensarlos y para pensar la compleja realidad actual. Si tomamos los ejes de la libertad, la igualdad y la fraternidad, inmediatamente podríamos poner estos conceptos entre signos de pregunta: ¿Son posible tales ideales? ¿En qué se fundamentan? La problematización con respecto a qué sea el hombre: conciencia, razón, pasión, voluntad, biología, tendrá consecuencias en el modo de pensar los ideales de la Revolución Francesa.

Diversas perspectivas acerca del hombre
En 1494 Pico Della Mirandola publicó su Discurso sobre la Dignidad Humana, preguntándose por qué el hombre es el más afortunado y digno de todos los seres animados. Dios, según él, habiendo consumado su obra, pensó en producir al hombre para que la comprendiera y lo puso en el centro del mundo. Además, lo hizo artífice y soberano de sí mismo. Este último puede ser bestia y parecerse a los seres inferiores o con su libre elección buscar el fuego del amor, el esplendor de la inteligencia y la solidez del discernimiento.
El pensamiento cartesiano abre la modernidad y recorre con su influencia todo el siglo XVII ya sea por los desarrollos subsiguientes de su filosofía (Racionalismo) o por las críticas que recibe y a partir de las cuales emergen nuevas filosofías (Empirismo). Luego de demoler todo con la duda, lo único que queda en pie, en el pensamiento de Descartes, es la certeza de que está dudando, o lo que es lo mismo, de que está pensando. Y si piensa, es porque existe. Este primer principio indubitable de la Filosofía: “Pienso, luego existo” tiene importantes consecuencias, no es sólo un fundamento del conocimiento, sino una definición de la esencia del hombre. Para Descartes el hombre tiene una naturaleza y ésta consiste en la razón, la capacidad de tener ideas. Todos los hombres, en principio, están igualmente dotados para alcanzar la verdad porque poseen por naturaleza la facultad para distinguir lo verdadero de lo falso.
Diversa es la postura de Hume, él siente una intensa inclinación a considerar los objetos desde la perspectiva en que se le muestran. Nuestro yo esta constituido por una sucesión de percepciones. La experiencia es, según él, el principio que nos permite realizar las distintas conjunciones de los objetos en el pasado. El hábito, el principio que nos posibilita esperar lo mismo en el futuro. Tanto la memoria, como los sentidos y el entendimiento están fundados en la imaginación, o vivacidad de nuestras ideas. Preguntas tales como: ¿Dónde estoy? ¿Qué soy? ¿A qué causa debo mi existencia?, dice Hume, son una quimera, que tal vez, una impresión pueda hacer olvidar. Como filósofos tenemos que basarnos en principios escépticos y seguir la razón sólo cuando se combine con alguna inclinación.
Por otro lado, aparece también en el manual la propuesta teórica de Hobbes. Los hombres son iguales por naturaleza, pero precisamente de esta igualdad en la capacidad procede la desconfianza. Dos hombres desean la misma cosa, pero como ambos no pueden disfrutarla, se vuelven enemigos. El otro es una amenaza, puede querer el fruto del trabajo e inclusive la libertad de otro hombre. La desconfianza provoca la guerra, el hombre se anticipa a la amenaza y el modo más razonable de hacerlo es dominar por medio de la fuerza y la astucia a los otros hombres, que seguramente pretenderán hacer lo mismo con él. Así, en la naturaleza del hombre se encuentran tres causas principales de discordia, la competencia, por la cual los hombres se atacan para buscar un beneficio; la desconfianza por la que logran seguridad y defensa de lo propio; y la gloria, que los impulsa a buscar reputación. Por lo tanto, si los hombres viven sin un poder común (Estado civil) que los atemorice a todos, seguramente se encontrarán en guerra todos contra todos.
Para Rousseau, la mayor parte de nuestros males son obra nuestra, y los habríamos evitado conservando la manera sencilla, uniforme y solitaria que nos estaba prescripta por la naturaleza. Esta última nos había destinado a estar sanos, por esto, se atreve a sugerir que el estado de reflexión es un estado contra la naturaleza, y que el hombre que medita es un animal depravado.
La irrupción decisiva de la teoría evolucionista para pensar al hombre, se produce gracias a la obra de Darwin. Este último pudo aportar material abundante en apoyo de la evolución de las formas vivas e intentó explicarla mediante la teoría de la selección natural; es decir, que ocurren una serie de mutaciones casuales de la herencia, pero la selección natural se cumple con la lucha por la existencia. Sólo los individuos capaces de vivir se mantienen, se reproducen y desarrollan, mientras que los individuos de vida precaria perecen o son destruidos.
El manual también ofrece la posibilidad de confrontar con las ideas de Marx. Aquí aparece el hombre como parte de la naturaleza, el hombre vive de ella. Este último no es simplemente un ser natural, sino un ser natural humano. El animal produce sólo por la necesidad física, el hombre también lo hace libre de esta necesidad, se enfrenta libremente a su producto. La elaboración del mundo objetivo lo constituye en cuanto ser genérico. A través de dicha elaboración, la naturaleza aparece como la obra y la realidad del hombre. Pero el trabajo enajenado degrada la propia actividad. El trabajador se torna más pobre cuanta más riqueza produce. El objeto que produce el trabajo, su producto, se enfrenta a su productor como un ser ajeno, como una fuerza independiente. La realización del trabajo aparece como desrealización. Inclusive, el trabajo mismo se convierte en un objeto.
Como ya se dijo, se puede encontrar en este material, la concepción racionalista del hombre, por ejemplo en el pensamiento de Descartes, pero también la de Nietzsche para quien la razón no es lo primario ni lo fundamental en el hombre. El intelecto, como medio de conservación del individuo desarrolla sus fuerzas principales fingiendo. El hombre, fija lo que ha de ser “verdad”, inventando una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria. Ahora bien, Nietzsche nos dice que lo bello por lo bello, lo verdadero por lo verdadero, lo bueno por lo bueno son tres formas del mal ojo hecho a la realidad. ¿Qué es la verdad? Una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes, las verdades son ilusiones y el hombre se olvida que lo son.
Ahora bien, ya en el siglo XX, se propone reflexionar también en torno a la propuesta de Sartre. Este último sostiene que no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere. El primer paso del existencialismo es asentar sobre el hombre la responsabilidad total de su existencia. Pero la propuesta de Sartre no es el subjetivismo, no es la pura decisión inmanente de una libertad desligada de toda relación con el mundo. Elegir ser esto o aquello es afirmar al mismo tiempo el valor de lo que elegimos. Soy responsable para mí mismo y para los otros.
Por otro lado, aparece también la propuesta de Buber, que sostiene que el hecho fundamental de la existencia humana no es ni el individuo en cuanto tal, ni la colectividad en cuanto tal. Sólo cuando el hombre reconozca al otro en toda su alteridad como se reconoce a sí mismo, como hombre, y marche desde este reconocimiento a penetrar en el otro, habrá quebrantado su soledad en un encuentro transformador. El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre. Más allá de lo subjetivo, más acá de lo objetivo, se encuentra el ámbito del “entre”, y esta situación dialógica es accesible sólo ontológicamente.
Además en el manual de EGB III se sugiere la propuesta de Esther Díaz para pensar el sujeto virtual en la posmodernidad. El sujeto conserva su discurso, pero éste no garantiza identidad. La identidad puede ser cambiante. Chateando puedo ser quien realmente soy o puedo ser otra persona. Para quien se comunica a través de las señales luminosas de la pantalla no existen garantías de identidad. Somos sujetos mediatizados por técnicas. Somos sujetos sin cuerpo. Somos sujetos virtuales.
Pensar la complejidad que supone la pregunta por el hombre y las diversas problemáticas que éste vive en el mundo contemporáneo sigue siendo una tarea en construcción. Volviendo a Descartes, quisiéramos tomar como modelo su actitud, volver a pensar todo de nuevo, pero en torno a los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Volver a pensar de la mano de todos los pensadores mencionados y con las demandas de nuestro tiempo. Pensar qué sea el hombre es una cuestión crucial para quien desea saber si estos ideales son posibles o los desafíos que los mismos nos presentan.

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